field 1634734 1920

En febrero de 2020, sin saber lo largo que serían los siguientes fines y principios y medios de semana

Al fin de semana:        

Te odio. No es la primera vez que me pasa, pero no sucede siempre. Tampoco es algo que pueda controlar (ojalá poder hacerlo), se escapa de mi voluntad. Pero es lo que siento, sobre todo ahora mismo, cuando intento vomitar en palabras lo que me revuelve. Supongo que todos tenemos días buenos, días malos, mejores, peores… Pero lo tuyo ya es cebarse. Si es cierto que, paradójicamente, me ocurre cuando tengo algo que hacer, una sola tarea que no me agrada del todo. Estudiar, por ejemplo. Pero no deja de ser un momento en el que no tengo nada más a lo que dedicar mi tiempo: no hay universidad que me agote por la mañana ni alumnos a los que dar clase por la tarde. En teoría, deberías ser el momento de descanso, de liberación de la semana. O, al menos, en el que, como solo tengo una tarea que hacer, me sienta menos agobiado.    

Es cierto que durante la semana hay agobio, pero no es lo mismo que me haces sentir tú. Que si voy a la facultad, que si vuelvo, como rápido, hago alguna tarea, salgo otra vez para coger el tren, llego al sitio, regreso, hago otra tarea, hablo con mis padres, llamo a mi novia, hago la última tarea, ceno, leo y me duermo. Cansado, a las once y media me entrego a Morfeo, rendido por haber hecho todo lo que tenía que hacer (a veces, algo más), con la misma puntualidad y rectitud con la que al día siguiente el reloj biológico me despierta cinco minutos antes de mi alarma.        

Sin embargo, tú lo que me haces es desgastarme emocionalmente. Entre semana, anhelo algún día más relajado, un descanso; «es lo que toca», diría mi madre. Pero es llegar el sábado y colapsar. No tengo nada más que hacer que estudiar, que no es poco, con la «ventaja» de no tener nada más en la agenda. Pero me cuesta muchísimo concentrarme, ponerme en el escritorio. Me distraigo con facilidad, me entra la angustia de repente. De querer quedarme en la cama, bocabajo, sin hacer nada más que cerrar los ojos y no pensar. De andar un poco triste, de esperar a que pasen las horas.        

Hay dos sitios a los que siempre vuelvo en situaciones especiales: El Canto del Loco y Andrés Suárez. A los primeros voy cuando quiero recordar mi infancia, cuando quiero sanarme de la distancia con mis islas o cuando me siento cómodo. Al segundo, cuando necesito música «blandita», de «estar sentado», cuando necesito que solo seis cuerdas y una voz me mantengan.        

Te imaginarás que tu banda sonora es el gallego. Sí, me podrás echar en cara que soy masoquista, que podría ponerme el pop-rock del grupo de Dani Martín, más que sea. Pero qué le voy a hacer: para mí, la música acompaña al sentimiento.        

No pasa nada, en realidad. Quizás, simplemente, mis días malos se concentran en ti algunas veces. No siempre se tienen buenos días. Ahora, en este momento, quizás me arrepiento de haberte dicho que te odiaba. Lo siento, fue el desahogo inicial. Tampoco tienes ninguna culpa. Mejor, te digo «gracias»: quieras o no, tu existencia no solo me exhausta algunas veces, sino que también permite que seas el destinatario de esta carta. Y oye, ya me siento mucho mejor.

Espero escribirte, lo siento, dentro de mucho tiempo.


Deja una respuesta

  Acepto la política de privacidad