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A la distancia:

¿Recuerdas la última vez que hablamos? Te prometí que nunca volveríamos a encontrarnos. Qué quieres que te diga, que tú y yo tengamos relación no me viene nunca bien. Llámame egoísta, pero por más que intente personificarte con esta carta, no tienes sentimientos.

Pero mírame, aquí estoy de nuevo. No habrás tenido que esperar a leer esta carta para saber que volvíamos a vernos. De hecho, puedes acusarme de llegar tarde, de no ponerme en contacto antes. No me eches la culpa, entiende que no es agradable saber que volvías a formar parte de mi vida.

Tampoco te voy a mentir, en cierta parte me alegro de que estés, porque eso significa, en el fondo, que te he traído yo. Y si lo he hecho, es porque valía la pena. Sí, eres un efecto colateral, una tasa a pagar, pero eso nunca te ha importado: que seamos una relación a tres es la razón de tu existencia. Pero mira, a pesar de todo estamos aquí. Quizás la conocerás ya, no deja de ser el otro vértice del triángulo. Te habrás dado cuenta, habrás apartado las ganas de fastidiarme y habrás pensado para ti misma: «joder, sí que vale la pena».

Reconozco, también, que ya te sobrellevo mejor. Haber pasado tiempo juntos antes te ayuda a pasar mejor los malos tragos, a soportar las subidas y bajadas y a acostumbrarte a la manera de ser de cada uno. Pero no siempre es agradable recordarte, ver cómo tu silueta me persigue mientras sé que, por más que quiera, no puedo apartarte cuanto antes. A eso también me he adaptado, a ser consciente de que no vas a ceder ni un milímetro. Así que, como no puedo luchar contra ti porque es inútil y solo me perjudica, creo que he encontrado la mejor manera de fastidiarte: contarte que estoy feliz por más que tú estés.

Sí, estoy feliz no porque seas temporal (que afortunadamente lo eres) sino porque es más fuerte la sensación de quedarme con la otra persona. De todas formas, estaría feo, y además no cumpliría mi objetivo de molestarte, centrarme en ti, en tus circunstancias.

A pesar de los altibajos, de la montaña rusa constante de emociones y sentimientos, soy feliz. La echo de menos, qué te voy a contar, pero la siento cerca. Sus ojos me arropan cuando te escribo, cuando estudio o cuando simplemente estoy frente al ordenador. El portarretrato que guarda mi escritorio me recuerda que ya queda menos, pero que, en ese periodo de tiempo, también está. Su atemporal sonrisa alegra hasta el día más triste y su risa constante, a varios kilómetros, pero conectados por un puñado de píxeles, me recuerda lo bonito que es estar a su lado.

«A veces, la vida nos pone retos y estoy segura de que este lo superaremos». Eso me escribió la última vez que nos vimos. Era la aceptación de que venías, pues yo también di el sí. Porque eras condición indispensable para ser quién queríamos (y queremos) ser, a pesar de todo. ¿Ves, si hasta en el fondo te tengo cariño? No te lo creas mucho, eso sí, porque ojalá esta sea la última misiva.

No hace falta que me escribas de vuelta.


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